El blog de Ranse

31.5.06

Maestro Lang


Muchas veces el mercado es injusto con los genios. Sin duda lo fue con Fritz Lang, enorme cineasta alemán que dio lo mejor de sí mismo tanto durante su primera etapa en su Alemania natal como en la época dorada de Hollywood, adonde llegó huyendo de Hitler en 1934 (Metrópolis, M, Los crímenes del dr. Mabuse, La mujer del cuadro, Sólo se vive una vez, Perversidad...), y de donde se marchó, para volver a su país, a mediados de los 50. Fue víctima de la decadencia del sistema de los estudios y también de su famoso mal carácter hacia los productores, que son, en definitiva, quienes ponen el dinero. En esta fase final de su vida dirigió tres películas en alemán que no fueron bien recibidas por el público ni la crítica, y he tenido la oportunidad de ver, en La 2, una de ellas, La tumba india (Das indische Grabmal, 1959), que es la secuela de otro film llamado El tigre de Esnapur (Der Tiger von Eschnapur, 1959). Y, aunque no es lo mejor que tiene, la mano del maestro es inconfundible: cómo es capaz, relatando una leyenda hindú, de contruir una historia en la que una vez más retrata con precisión los impulsos que a veces nos llevan a cometer una locura para alcanzar la felicidad, aun a riesgo de nuestra vida (uno de los temas centrales de su filmografía). Llevado a cabo por muchos cineastas vulgares, que tanto abundan y han abundado, el guión se habría convertido en una cursilada infantil. Ah, pero Lang es Lang, y se respira tensión en cada plano, gracias a un montaje ágil pero no atropellado, y a una fotografía que consigue transformar unos decorados nada espectaculares en un fondo maravilloso, de cuento de las mil y una noches. Y que conste que los actores están bastante hieráticos (y hasta diría que poco dirigidos, pero es lo de menos en este caso).
Estoy deseando ver El tigre de Esnapur. A ver si la semana que viene La 2 se estira.

30.5.06

Una película capriana en España

Conocido es a través de este blog mi amor por el cine de Frank Capra, que sé compartido por muchos aficionados al cine. Para ellos (bueno, para todos) va mi recomendación sobre esta película española, Un ángel pasó por Brooklyn, dirigida en 1958 por Ladislao Vajda. Vajda era un cineasta húngaro, profesional de largo recorrido en casi todas las facetas de la producción cinematográfica (trabajó con Billy Wilder en Alemania, por ejemplo) que se asentó en España tras la II Guerra Mundial. Quizá su film más conocido sea Marcelino pan y vino (1955), premiado en Cannes y Berlín. En Un ángel pasó por Brooklyn los ecos se Capra son evidentes: un abogado avaricioso y de mal genio (fantástico Peter Ustinov) se transforma en perro por algún designio divino para que pueda comprender lo que se siente cuando uno es pobre, no tiene amparo, y cualquier ayuda de los demás es bienvenida. Su salvador es un niño, el famoso en aquellos años Pablito Calvo, al que deberá agradecer, no sólo el recuperar la forma humana, sino la nueva visión de la vida que adoptará a partir de ahora (¿no os recuerda Atrapado en el tiempo, otra peli de la onda?). No falta la historia de amor, en este caso la de su abnegado pasante con una huérfana a la que un novio de mala vida está a punto de jugarle una mala pasada. En fin, contada así parece lacrimógena y sensiblera, y es cierto que algunas escenas son facilonas (la declaración de amor del pasante y la aceptación de la chica, por ejemplo). Vaya, que no es una obra maestra. Pero sí me parecen muy ingeniosos ciertos recursos de guión que traban muy bien la película, y que se basan en la animalización de la personalidad del abogado antes y después de su transformación en perro. Es maravillosa la secuencia en que Ustinov enseña a ladrar a su pasante (antes de metamorfosearse); y en los momentos posteriores a la recuperación de su forma cotidiana, el abogado continúa teniendo ademanes caninos (¡qué bien interpretados!), lo cual aporta una dosis de humor adecuada para que nos traguemos la píldora enternecedora. En fin, que queda claro que yo me la he tragado. Intentadlo vosotros.

24.5.06

Hay que saber cuándo es suficiente


He estado viendo en Canal + el concierto de Eagles de la gira Farewell I (tiene su ironía que a un regreso le llamen adiós; además, ¿a qué viene el I? ¿Es que amenazan con seguir?). Y a riesgo de ser un poco cruel, pero no injusto, me parece que debemos saber cuándo es el momento de dejarlo. Y si no queremos dejarlo, es mejor estrujarse la imaginación y hacer algo nuevo, o, por lo menos, hacer lo de siempre con un nuevo aspecto. No sé que me daba ver a Don Henley tan acartonado a la batería (no es que toque mal, es que se le ve incómodo), o a Glenn Frey haciendo unos movimientos de melena que no pegaban nada con una puesta en escena y un sonido tan pulcros. El sonido era tan inmaculado, los arreglos para teclados y violín tan empalagosos, que parecían, casi, la orquesta de James Last. Nada que ver con algunos de sus mejores discos, sobre todo si lo comparamos con su histórica grabación en directo, Eagles Live. En fin, menos mal que lo bueno que podían dar lo dieron ya hace bastantes años, y eso no nos lo puede quitar nadie.

10.5.06


Ayer conseguí ver la única película que me faltaba por conocer de Sam Peckinpah. Se trata de la última que realizó: Clave Omega (The Osterman Weekend, 1983). Y la verdad es que confirmé la impresión que tenía: la etapa final de este genio del cine fue desastrosa: ni Los aristócratas del crimen (The Killer Elite, 1975), ni Convoy (Convoy, 1978) resisten un visionado mínimamente crítico. Parece como si la inteligencia y la voluntad de Peckinpah estuviesen nubladas permanentemente por algún tipo de narcótico. Quizá las historias tampoco le favorecían mucho, pero creo que un Peckinpah en tan bajo estado de forma hubiese estropeado el guión de Perros de paja (Straw Dogs, 1971), para mí una de sus obras cumbre. En Los aristócratas... las cámaras lentas, en otros contextos apropiadas, convierten a unos ninjas en auténticos payasos, mientras que Clave Omega estropea las posibilidades que ofrecía su trama: unos amigos sospechosos de comunistas en los EE.UU. se reúnen para pasar un fin de semana en la casa de uno de ellos, de quien desconfían que va a traicionarles. La puesta en escena no le era desconocida a Peckinpah: un ambiente pequeño y cerrado, miedo y odio entre los personajes, el abuso de poder por parte de los altos cargos del Gobierno... Sin embargo, por no haber, no hay una mínima dirección de los intérpretes, que están patéticamente sobreactuados; y eso que disponía de Burt Lancaster, Dennis Hopper o William Hurt.
En fin: me quedo con el resto de su filmografía, que compensa con creces estos fiascos. Eso sí: está bien que nuestros mitos a veces nos demuestren que eran humanos, pero hubiese preferido que Peckinpah no lo hubiese hecho tan crudamente.

8.5.06

Aplaudo y digo sí


Esta sí es una propuesta musical que me parece interesante. Aparte de que me han gustado desde la primera canción, y a pesar de que se trata de su primer disco, en el Lp epónimo de Clap Your Hands Say Yeah se nota personalidad. De acuerdo en que el nombrecito no les favorece nada, pero eso es lo de menos. Tienen unas líneas de bajo envolventes que enganchan desde los primeros compases, la voz es hermosa y curiosa a la vez y, sobre todo, derrochan energía y frescura. Me encantaría verlos en directo, aunque no sé si me caerán cerca. En cualquier caso, y sin echar las campanas al vuelo ni decir cosas como que supondrán un terremoto en el mundo musical que no dejara piedra sobre piedra, diré simplemente que estos chicos estadounidenses prometen. Escuchadlos, a ver si sois de la misma opinión.

¿Qué les han visto?


Pues ya estamos otra vez. Determinada industria musical, con su dominio de los resortes de comunicación, ha designado de nuevo a un grupo como "los nuevos Beatles" o "lo más impactante en el mundo del pop desde los Beatles", u otras definiciones desmedidas. En este caso, se trata de los británicos Arctic Monkeys (otra vez habían sido los estadounidenses Nirvana: debe ser para compensar, no vaya a ser que se peleen los WASP entre ellos). Y uno, que ya no pica en estas cosas, enarcó las cejas. A continuación, me agencié un par de Lps de esta supuesta maravilla y me puse a escucharlos con atención y sin (demasiada) prevención. Y lo que oí no me dijo nada de nada de nada. Un grupo más, de los cientos que debe haber en Inglaterra, con sus guitarras, sus voces, sus ritmos rock-pop... ¿Es que por haber saltado a la fama supuestamente gracias al boca a boca y su aparición en unos cuantos blogs se les supone frescura creativa, independencia de criterio musical o capacidad de iniciar una nueva tendencia musical? Pues no. Esto huele a operación comercial interesada, y huele mal desde el principio, porque el truco de asumir una imagen indie para llegar a un público que reniega de la música hit-parade ya es viejo. Así que, más humildad, señores productores y gurús del marketing, y menos tomarnos por imbéciles (por lo menos déjennos demostrarnos a nosotros mismos que lo somos).