El blog de Ranse

19.10.05

El Capra siempre tiró al monte

Siempre es necesario y, en cualquier caso, muy instructivo, conocer los primeros pasos de un artista para tener una correcta perspectiva de su obra. Suele ocurrir que cuando un creador se hace con un lugar en la historia de su disciplina, el éxito de sus obras cumbres oculta sus inicios, lo que hace difícil observar sus primeros pasos. Viene esto a cuento por un gran cineasta: Frank Capra, del que me declaro rendido admirador.
Cualquier aficionado al cine sabe que Capra es uno de los grandes directores (además de productor y guionista) de la historia de Hollywood, muy apreciado, incluso en su época, por público y (parte de la) crítica. Sus películas más aclamadas son suficientemente conocidas (El secreto de vivir, Sucedió una noche, Vive como quieras, Juan Nadie, Caballero sin espada, ¡Qué bello es vivir!´o Arsénico por Compasión). Pero, ¿qué pasa con el Capra de antes de 1935? Pues existe un film titulado La locura del dólar (American Madness, 1932), en el que se encuentran en germen algunas de esas que cierta crítica llama "constantes autorales"; vamos, su marca personal. Una marca que lo hizo inconfundible y, siendo como era un artista muy consciente de su actividad, le ayudó en su pretensión de ser reconocido como principal artífice de sus películas: fue el primer director que consiguió que su nombre apareciese en los créditos antes de o por encima del título ("the name above the title").
La trama de La locura del dólar se resume (mucho) así: Thomas Dickson (Walter Huston, espléndido) es un director de banco que, en plena Gran Depresión, concede préstamos con bastante riesgo. Los miembros de su Consejo de Administración sudan bilis cada vez que intentan corregir su actitud y no lo consiguen. Se ofrecen comprarle su participación para hacerse con el control del banco, pero Dickson se mantiene firme, ya que una época de crisis requiere, según él, facilidades para invertir y no dinero parado en los bancos. Cierto día se produce un robo, del que se acusa a un empleado de confianza de Dickson, Matt Brown (Pat O'Brien). Éste tiene coartada, pero se niega a emplearla, ya que a la hora del robo había sorprendido a un jefe de sección del banco, Cyril Cluett (Gavin Gordon, ¡con las cejas perfiladas!), intentando seducir a la esposa de Dickson. Mientras la policía hace sus investigaciones, empieza a correr el rumor de que la cantidad robada es enorme (varios millones de dólares), con lo que los clientes comienzan a acudir en masa a retirar sus depósitos, por miedo a que el banco declare quiebra. Dickson intenta, inútilmente, que la gente se tranquilice. Desesperado, Dickson llama por teléfono a otros bancos (y a los grandes inversores del suyo) para que acudan en su ayuda con líquido, pero nadie le apoya. Matt Brown comienza a su vez a llamar a personas a quienes en el pasado el banco apoyó con créditos y que ahora tienen negocios prósperos. Durante todo este lío, Dickson se entera de la situación comprometida de su esposa y su moral se hunde, hasta el punto de que parece pensar en el suicidio. En ese momento, los ahorradores a los que Matt había llamado entran en el banco con dinero en las manos, proclamando a voz en grito lo buena persona que es Dickson y lo injusto que es que le dejen en la estacada. Por cierto, el autor del robo había sido el seductor robaesposas, que es detenido. En fin, todo se soluciona.
Bueno, ya basta de rollo. Lo que quería deciros es: un prestamista "inconsciente", un crack económico, la reacción de los pequeños ahorradores, un intento de suicidio, un final feliz... ¿No os suena de nada? 14 años después, el mismo cineasta hace una película con los mismos elementos, pero de manera más madura, ya que los personajes secundarios están más trabajados, los diálogos son mejores...
Lo dicho, que el Capra siempre tiró al monte... Pero, ¡qué monte!

13.10.05

Sinceramente, Leonard Cohen

Vale. Quizá esté manido, sobado y requetevisto, pero si cada vez que vemos, leemos u orímos algo por enésima vez todavía somos capaces de emocionarnos, es que ese algo nos llega muy adentro.
Con Leonard Cohen me ocurre exactamente eso. La experiencia de escuchar su disco Greatest Hits, sobre todo en esas horas de la noche en las que es posible estar rodeado de silencio, es de esas cosas que convierten en odioso todo lo prosaico que hay en este mundo. Su voz y su guitarra tan concisa siempre están, mientras que los arreglos de violines y acordeones, y sus coros infantiles y femeninos funcionan como sólo pueden funcionar en sus temas: puntúan el tema, de manera que nunca se lo comen.
En este disco la armonía entre las melodías y las letras en todos los temas es tal que parece fácil. Kris Kristofferson llegó a decir que mandaría inscribir en su tumba los primeros versos de Bird On The Wire:

Like a bird on the wire

Like a drunk in a midnight choir
I have tried in my way to be free

[Como un pájaro sobre un alambre
Como un borracho en un coro a medianoche
He intentado, a mi manera, ser libre]

La verdad es que vale la pena llenar lápidas, o mejor, paredes, porque la música es para los vivos, con más versos, por ejemplo, de Lady Midnight:
Well, I argued all night like so many have before

Saying, "Whatever you give me, I seem to need so much more"
Then she pointed at me where I kneeled on her floor
She said, "Don't try to use me or slyly refuse me
Just win me or lose me, it is this that the darkness is for
[Bien, discutí toda la noche como muchos lo han hecho antes
Diciendo: “Cualquier cosa que me des, me parece que necesitaré más”
Ella dijo: “No intentes usarme o recharzarme tímidamente
Sólo gáname o piérdeme, para eso es la oscuridad”]

Perdón por las traducciones. Por cierto: no sé qué estais haciendo que no estais oyendo YA el disco.
Salud